miércoles, 22 de febrero de 2012

Palestina Kosher: Todos nazis




1. Chetos

Me dice que hay muchos que transcurren su vida sin conocer a gente sin códigos. A chetos que se manifiestan publicamente a favor de cogerse las minas de otros. Es una posición narcisista obvia, de superar al otro, con el cubito de arruinar una unión externa. A la vez, se aseguran una relación sin compromisos y, digamoslo, resulta más fácil seducir a ciertas mujeres adoptando los beneficios de componer la libertad siendo el tercero que competir con otros si ella está soltera a sus deseos.

Son chetos, acuerdo yo. Pero él está un poco más enojado. Me refiere que Strummer se cogía a las mujeres de sus amigos. Analiza la patología y me dice que el origen humilde de Strummer no importa, o que ahí son todos chetos. ¿Pero por qué son chetos?, me propone: porque nunca los ubicaron. Ahí está la clave, insiste. Porque no tienen calle, nunca los ubicaron. Nunca el novio de una los ubicó de tres piñas y por esos son como son: niños egoístas, egos en estado silvestre, chetos putos.

Yo le digo que conozco muy poca gente así, él me dice que hay varios y que el sistema dialéctico de las redes sociales fomenta este tipo de personas por la ausencia de juzgados físicos basados en una supuesta empiria de la calle.

2. Judíos

Hablamos de matar a los artistas. Me dice que a su novia le molesta que escuche radio a la noche. Convenimos en una almohada que emita sonido mínimo allí donde siente un hueco, de manera que uno pueda escuchar con auriculares de almohada con poder de moverse, ya que no podemos dormir boca arriba y los auriculares molestan de otro modo. Dobla su auto cero kilómetro y cruzamos la barrera del tren en Boulogne.

Su novia me refiere que finalmente tomó una opción religiosa y se convirtió al antisemitismo. Me dice que su jefe, el abogado, les paga a ellos $2500, mitad en negro, mitad en blanco, en efectivo sin cuenta, por 9 horas de lunes a viernes, y si se toman días de estudio tienen que recuperar las horas yendo a trabajar diez horas una semana y media. “Pasa que sigo ahí porque de afuera es prestigioso y busco otras cosas, pero hay gente que se estancó en los estudios y sigue ahí hace cuatro años. El socio de él es judío y es una rata peor. Nosotros hacemos los libros y en el sistema están los ingresos. ¿Sabés cuánto gana por mes? Trescientos mil pesos. Por mes. Y eso sin contar lo que hace el socio con los juicios, porque lo de él son sólo los acuerdos. Pero es una rata. Con la guita que tiene se va al Caribe en época de huracanes, para ahorrar. Y otra amiga le comentó que se iba a Cuba y él le pidió el mail de la agencia. A la semana ella recibe un mail del chabón que le vendió el viaje quejándose de lo insoportable y rata que fue el tipo.” El cuarto participante del viaje comenta que si Pepe Eliaschev fuera el único judío seríamos todos nazis. Yo le digo a Nacho Random que esta charla, revirtiendo las clases sociales, es la más común. Si me dieran un peso por cada vez que escuché el eufemismo “negro” para llamar a un pobre, podría comprarme dos whiskys Buchanan de 18 años muy rápidamente. Y beberlos aún más rapida y felizmente.

Nacho Random me dice que es un error tremendo iluminar la generalización escribiendola aunque sea con comillas. Además de que obviamente un judío no es antónimo atómico de pobre. Estamos en un bar en el cual hacen tres mil grados de calor.  Me habla de la popular y de la platea del club Atlanta, y de sus cambios cuando asiste a una y otra. Se habla del paroxismo de la exageración como búsqueda de una insoluble verdad. Le hablo del método "una de más" como lógica para programa de radio inédito. Buscar la verdad corriendola por izquierda, desubicarla pasandola por derecha. 


Todo en el universo linguístico sin ismos itsmos istmos de mierda para todos.

3. Extranjeros

La novia antedicha me comenta que en derecho el lema del abogado es huir de las 3 P: no defender pobres, prostitutas ni parientes.

Les comento que en la aduana uruguaya el tipo que estaba delante de nosotros, un infeliz que quería charlar con cualquiera, le dijo al empleado que le preguntó si era argentino, “si, pero no de Buenos Aires”. El otro día en twitter uno de los temas del momento era #OdioAChile. Lo llamativo era que era trending topic, tema común, en Argentina, pero no en Buenos Aires. Facebook también se lavaba las manos iniciando muros para todos lados. Como cuando crearon el grupo “que Chile le vaya a pedir ayuda a Inglaterra”, cuando sufrieron el terremoto. Recordamos en ese momento que nosotros, en caso de tragedia nacional, deberíamos recibir respuestas similares de Paraguay (a quien diezmamos para que Inglaterra coloque sus intereses) y de Perú (quienes se la jugaron en Malvinas y luego le vendimos armas a Ecuador). Pero bueno, ahora parece que van a llevar armas nucleares a esos dos islas de mierda. En fin, el ser humano merece la extinción de manera urgente. El Uruguayo me dice que vio en la Copa América entrar chilenos a Mendoza cantando sobre las Islas Malvinas. Chile siempre fue visto desde la región como una suerte de Shelviville con ganas etarras. Y hace falta ver los comentarios del trailer de la primera película que dirige Angelina Jolie. Como quien arma sobre un espejo una línea que especula absolutoria.

El auto dobla por Loria y entramos en Boulogne Kingston. En el Club Unión, en las palmeras, atrás en la casa con la lona delante, en la otra esquina, siempre repleta. Malcolm me dice que ayer gendarmería, barrió con todo el sector. Que hoy no se consigue nada.

Les comento que los uruguayos son muy cerrados, en las costas cercanas al Brasil. Les digo que se ofenden por cualquier cosa. Que para ellos Gardel es francés y Fernando Peña argentino. El Uruguayo se ríe cuando le comento las cosas que yo dije para que se ofendieran. Se habla de generalizar y vuelvo al argumento de que el ser humano es una unión de átomos y hablar de uno solo ya es generalizar. Cuento del programa de radio en el cual en cada audífono suene una campana campaña diferente. Había imaginado el nombre Palestina Kosher.

4. Caretas

–Yo también soy del conurbano –me dice un pelirrojo en La Pedrera, que se hizo el boludo para no convidarme faso­–: soy de San Isidro…

Estamos en una fiesta de circuitos cerrados, super vacía. El Chino me pregunta qué hice al otro día. “Me peleé con las veinte personas que habitan este pueblo”, fue mi respuesta. El otro salió para Valizas la semana anterior. Me dice “¿cómo se llaman las uruguayas lindas?” Yo ya preveo algo intransigente. La respuesta es “turistas argentinas”. 


Estamos con el Chino tirados en una calle de La Paloma, mirando las estrellas y la playa. Hablamos con pocos uruguayos desde que llegamos. Nos infranquearon con amabilidad y amagues linguísticos. Pienso en quiénes somos nosotros, de dónde hemos venido y hacia qué territorios nos lleva el iman. A una cuadra un auto pasa con los wachiturros a todo volumen. Como la mitad de los autos, lleva patente argentina. El taxista de Montevideo me dice que las uruguayas no hablan porque lo consideran parte de un ritual pre-coito. Así que si te hablan todo bien, pero si no no entablan nada y probablemente no escuches la voz de nadie. También es un punto de vista exagerado, pero lo dice alguien que vivió sesenta años ahí. También me dice que no sabe por qué no vive en Buenos Aires. Antes de bajar intenta comparar a Francescoli con Maradona, me pregunta a quién queremos más. Ahí entiendo por qué no vive en Buenos Aires.

Un poco de amor, de los animales, cuando muramos todos.

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