miércoles, 8 de febrero de 2012

Spinetta 2012


Lo primero que pensé cuando informaron el cáncer “en estado terminal” de Spinetta es que el estado circular de las cosas hay que evitarlo. Es una estupidez de metafísica simbólica de mercado, pero se me apareció en el cáncer el final del círculo: el cierre en Velez en donde todas las bandas de su vida se juntaron a poner puntos finales en todos lados, acaso con la salvedad de la puerta abierta de la canción de Van Gogh de los Puentes amarillos. Obviamente estamos hablando de sentidos involucrados a la resignificación constante, o sea de cosas que no existen más allá del lenguaje que las crea. Pero ahora el lenguaje crea –en el sistema de pensamiento popular– sistemas de medicina y de referencias numéricas àlla Wittgenstein y ya todos piensan desde las materialidades del símbolo en cuanto a universos regidos entre otras cosas por el quantum, en donde la existencia se prolonga hasta que no pueda más, o deba más. Es un vicio del periodismo el buscar siempre el fondo de lo que vendrá, el tema oculto, la última foto. El periodismo post-mortem comienza antes de la muerte.

En fin. Lo segundo y muy extraño que se me vino a la muerte, ya en ese primer momento de hijaputez de primicia clarinísta, fue que no sentía pena por él. No me daba lástima que tenga cancer, no lo veía desprotegido ni frágil. Sí sentía el carácter injusto de que muera alguien que tiene a sus padres vivos, y que se muera posiblemente el músico vivo (qué importancia cobra esa palabra desde que Charly García dejó de escribir canciones) más notable de este país. Pero pensemos en una persona.

Pensemos en una persona que tiene la fortuna de nacer. Y de nacer sin complicaciones económicas graves. Y que tiene la fortuna de nacer con un gran talento. Y que no trabaja de otra cosa en toda su vida que de lo que le da placer. Que es darle forma a códigos de observación y de intuición, de una manera impresionante, compleja (que lo acerca desde otro plano a músicas populares complejas de la zona, como el tango la bossa nova), personalísima (qué otro deseo para un articulador de sentidos y tonos comunes) y aceptada y respetada por el público y sus pares (el Coro Griego del recital de las Bandas Eternas, elevados en su conjunto por Spinetta a la condición de “genios” en la presentación con posiblemente buena intención pero un sentido de planicie para con esas personalidades tan diferentes).

Esa persona que imaginamos no vive la muerte de sus padres (este detalle es el riesgo de este escrito, y su dualidad). Esa persona tiene una familia numerosa y feliz. Esa persona transita ámbitos de drogas recreativas sin rendir cadalsos temporales públicos ni eternos privados. Esa persona tiene relaciones con las mujeres más hermosas a las cuales accede y vive un aviso de muerte que lo ubica en un coletazo de despedida (porque sí, hay un arte consagrado a la desesperación de saberse mortales, más allá de intuiciones comunes. La melancolía de Lars von Trier fue antes la búsqueda de control en John Sacramoni cuando enfrenta al cancer en Los Sopranos y fue antes la sombra de Unamuno en personajes contemporáneos, y antes los sistemas de excepción de los demás de Kant, y la locura en Nietzche, y el planteo de la eutanasia en, por ejemplo, el último libro de Houllebecq, y seguirá siendo, la desesperación de la confirmación de la muerte, el aletazo al control que nos propone no saber nuestra muerte pero sí sabernos fatales.)

Esa persona se tomó un ácido y fue a parar el tránsito en bolas en Belgrano. Luego se envolvió de varias místicas. Luego se negó la despedidas con nuevos giros de lenguaje. Finalmente murió en paz rodeado de amor.

Todos tenemos fases imprudentes de los demás en nosotros, y cierta fibra que intuye infiernos ajenos, y repartos inmerecidos de gloria o de respeto. Y establecemos en los demás un universo de caos sin tiempo en el cual si hay causa y efectos, éstas no se corresponden entre sí. Y nada vuelve. Y todo ya pasó. Personalmente, considero a Spinetta esa persona que deja las tensiones en pausa. Y creo que su obra fue abismal, si es que algo importa algo, mientras seguimos vivos, ese segundo que ya pasó.

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