miércoles, 15 de marzo de 2017

Espejismo

     1.  Rata suelta


En el video filmado desde la avalancha, la noche del penoso recital del Indio Solari en Olavarría, quedó expuesto el cinismo del ídolo popular. El Artista ahorró plata en pantallas, generando que quienes fuimos tengamos que ir lo más adelante posible para ver algo, muy chico, y ocasionando lo que se vio. Escatimó en vallas para romper avalanchas y en agentes de salud y, en ese momento, ahí mientras todos buscan sostenerse en pie y no morir, tiene la moral de quejarse de los pobres pibes que están luchando para soportar sus cuerpos erguidos en el barro (porque además una pobre lona embarrada de cinco metros fue su escueta y barata respuesta a los pedidos de piso que se le hacen desde el lodo de Gualeguaychú). “Quedamos en que nos íbamos a cuidar entre todos”, se queja. Cómo no se cuidan entre ustedes, cómo me hacen gastar en seguridad, salud, logística. Si fueran acaso un público respetable, los hubiera respetado antes.

Unos días antes del recital, el Idolo que más te quiere había deslizado a través de sus voceros que podrían haber infiltrados dispuestos a enturbiar el show. ¿Cómo cuidó  a su público ante esta amenaza? ¿Redoblando una seguridad de cacheo mínima, por ahí sin pedir entrada si eso ocasionaba algún disturbio? Naaah, dejate de joder. Mejor nos ahorramos unos pesos y que entren y salgan por la única vía y sin control. Si estos malvados quieren entrar con cuchillos, armas o botellas rotas, que lo hagan libremente. (Los que fuimos a ver a los Redondos y al Indio varias veces sabemos que “cuidémonos entre todos” significa únicamente “si alguien entra a cuchillear mátenlo como en el River del 2000”; siempre el público, abandonado a su suerte, porque contratar seguridad que no sea yuta es achicar el margen de ganancia.)

22.  El show


El recital fue una versión aumentada, un Director´s cut, del nefasto primer show de los Redondos en River. Cuatro temas, después el Indio enterándose del fiambre por la absoluta falta de controles, y después un show de mierda porque lo descubrieron. Como antes, ahora. El mismo show. Y ahí está de nuevo el enemigo fantasma político, justificando la construcción de un Burning Man autóctono y barato; la referencia como líder del enemigo externo para unir la tropa a la que le estás dando las migas de un imperio a cuentagotas. Como antes, varios heridos de arma blanca que por su perseverancia en vivir permiten, quizás, que la condena social, no sea absoluta, y que sea reversible.

 Es habitual, entre los concurrentes a estos espectáculos en los cuales la incomodidad esconde la pobreza, la sensación de “nunca más” al volver y a los meses, cuando un amigo organiza, pensar que por ahí está vez va a ser diferente. Se supone que no habrá que asumir ahora que la gente no cambia, ya que estas islas de indecencia se volverán pasado. Y si, al Indio no le importás una mierda y si te deja pasar gratis es para después sacar a relucir en cada entrevista que él le puede pasar un record por la cara a Mick Jagger.

33.  Los rolingas, golondrinas del neoliberalismo


Si uno no supiera que son seres humanos que viven entre nosotros, pensaría que los rolingas (esa tribu urbana denunciada hace unos años de extinta) son un grupo que emigra de una tierra a otra en busca de neoliberalismo. Es notorio para el habitué a estas maratones con obstáculo que son las reuniones de Carlos el avaro Solari, el terrible desgaste del tejido social producido en el último año y medio. Los rolingas son el síntoma más absoluto del gobierno que tenemos.

44.       La sinécdoque


En la casa hiperpoblada en la que paré en Olavarría conocí a un hombre de unos treinta años, de mirada perdida y reacción mínima. Dormía en un auto fuera de la vivienda, abrazado por el terrible frío de la ciudad.

–Lo mandaron ahí –me explicaron– porque es manso, no se queja nunca.

El punto de sometimiento al que lo llevó la persona que le organizó el viaje –su empleador– es tal que estando con él en varios momentos sólo accedió a darle su entrada a último momento el día del show, a cinco kilómetros de donde estábamos parando, pese a que la había pagado antes.

–¿Para qué la vas a buscar si entrás gratis caminando? –le decíamos, para evitar también acompañarlo a esa idiotez.

Uno comenzaba a percibir que esa persona dócil y entregada a la decisión externa era un retrato de nosotros mismos, liberados a nuestra suerte por el Indio, en una ciudad que no nos podía dar señal, internet, salidas, accesos, seguridad, baños, y que parecía elegida en una apuesta macabra por un capitalista hijo de puta sólo interesado en chapear números y guita. Pero todo fue más evidente cuando emprendimos los varios kilómetros hacia las únicas entradas (el sentido común de la gente hizo que generaran incómodas entradas y salidas alternativas. llenas de barro, rompiendo paredes) y vimos unas cuatro cuadras de cola de gente que fue a buscar su entrada al show. Gente que, me indicaron luego, haría cuatro horas de cola para buscar un pedazo de papel que ya había pagado y que no le servía para nada, para luego hacer otra cola para entrar, unos cuantos kilómetros más adelante.


Cuánto amor no correspondido.

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